La influencia de los medios de comunicación sobre la realidad social resulta indudable, y en este contexto, discutida y diferentemente valorada por críticos y expertos. Apocalípticos o integrados, por resumirlo en dos conceptos muy conocidos. En el fondo, todo depende de la intencionalidad de los emisores, de lo más diversa, que en todo caso siempre son conocedores, a la hora de actuar, del poder de los Media y, por ende, de la comunicación. La película Network (Un mundo implacable), de 1976 (adjuntamos una de sus más célebres secuencias), incidía ya hace décadas en la transcendencia del conglomerado mediático sobre la opinión pública y, en consecuencia, el comportamiento y progreso de la sociedad.

En la actualidad, la revolución digital ha transformado radicalmente el panorama de las interacciones comunicativas por cuanto los emisores ya no mantienen sus privilegios como fuentes de información. Esto, sin duda, representa un inmenso avance social, al democratizar la realidad, pero también tiene sus riesgos, ya que al multiplicarse los protagonistas informativos, los controles sobre la profesionalidad de los mensajes se han difuminado y vivimos una era de sobreabundancia de información con peligros como fenómenos, recientemente conceptualizados, como el de la posverdad. Las redes sociales, por ejemplo, han llegado a generar revoluciones y derrocado dictaduras y, a su vez, han mostrado una cara oscura, y ya no tan oculta,  que ha minimizado la credibilidad de la información.

Un “selva” sin reglas, que prostituye en ocasiones los fines sociales de la información, y en la que resulta fundamental actuar con racionalidad y estrategias profesionales para poder constituirse en un comunicador creíble y eficaz.

 

 

En este contexto, si un portavoz desea despertar el interés de los medios de comunicación y de las audiencias ha de contemplar las necesidades de éstos y de aquellas, con el fin hacerse un hueco entre el abanico de múltiples fuentes informativas que, cada día, aspiran a dotar de protagonismo público a sus mensajes. En un mapa de infinidad de intereses, de los propios medios de comunicación, o de las administraciones, empresas o instituciones, hay que tener muy claras la claves de la información para ofrecer argumentos o imágenes que puedan resultar de utilidad, pero no de utilidad, que también, para el emisor, sino, y fundamentalmente, para los públicos al que se dirige el proceso de comunicación. 

Por ejemplo, cuando una institución educativa plantea ante los periodistas la promoción de un evento al aire libre que pone en valor parámetros formativos que pueden influir sobre la preparación de los más jóvenes ante la prueba de la Selectividad, esgrime ante los informadores una temática que no solo está en la agenda de la actualidad, sino que incorpora una dimensión social que puede resultar atractiva para la opinión pública. En estas circunstancias, la institución como fuente y sus portavoces cuentan con más posibilidades de ser atendidos por los medios de comunicación.

La identificación estratégica, por tanto, de las temáticas que se van a abordar por parte de los emisores cuando se diseña un plan de comunicación se manifiesta como un proceso capital en cualquier empresa o institución. Y en esta coyuntura, una máxima es bien conocida por los especialistas que trabajan diariamente en la relación con los periodistas: el alcance social de las noticias que se van a comunicar constituye una de las variables imprescindibles a tener en cuenta si queremos convertir nuestro interés corporativo o institucional en un contenido que, una vez tratado desde una perspectiva profesional, despierte la atención de unas audiencias que hoy viven inundadas de información y que, sin embargo, siempre, siempre, muestran atención ante aquello que les resulta útil y eficaz para su vida en sociedad.   

 

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