Comunicar no es emitir mensajes, sino conseguir, con credibilidad y empatía, que éstos lleguen a sus receptores. Parece una obviedad, pero constituye una premisa que muchos olvidan, si no ignoran, y que explica que muchas iniciativas de comunicación se diluyan por el camino, por muy originales o bienintencionadas que sean.

Y esta obviedad presenta una segunda derivada: para comunicar hay que pensar en los públicos objetivos, en los oyentes o espectadores, en nuestros interlocutores, condicionantes de los mensajes a transmitir, el tono de los mismos, su nivel de complejidad, etc.

Si extrapolamos estas ideas básicas al mundo de la empresa, no es nada difícil observar como muchas organizaciones olvidan exigencias tan evidentes. Muchas compañías o instituciones, al erigirse en fuentes de información, se centran en los argumentos que les interesa transmitir, “empaquetándolos” de la mejor manera posible, lo que se traduce, salvo contadas ocasiones, en mensajes comerciales que solo interesan al emisor y, pocas veces, al destinatario.

Cualquier estrategia de comunicación ha de fundamentarse, en una gran medida, en lo que los públicos esperan de las entidades como fuentes de información. Y no solo por cuestiones de eficacia o, yendo más allá, de responsabilidad social, sino por el propio proceso comunicativo que, sin lo que ahora se denomina engagement, traicionará buena parte de su esencia, errando a la hora de construir conexiones, fidelizaciones, entre aquellos que interactúan.

Con todo, aún a pesar de actuar con inteligencia y pensar en nuestros públicos objetivo, falta algo más. En el panorama empresarial o institucional, observándolo con agudeza, se pueden identificar a muchas organizaciones que hacen bien las cosas en el terreno comunicativo, que piensan en sus target, que crean campañas atractivas y originales, que incluso tienen éxito comercial… Pero un análisis en profundidad revela que les falta algo imprescindible en su comunicación, la credibilidad. Y sin credibilidad resulta imposible comunicar.

¿Cuál es, por tanto, el secreto, uno de los secretos de la comunicación, tanto en la esfera individual como colectiva o empresarial? Tiene un nombre: credibilidad, autenticidad, el ser uno mismo. Pero para ser uno mismo hay que trabajar el interior, gestionar las emociones, fortalecer la autoestima y proyectar valores positivos de cara a la sociedad. Muchas personas, muchas marcas, olvidan algo tan esencial como esto.

Es cierto que a lo largo de la historia ha habido líderes que han comunicado de una manera genial y que han provocado situaciones desastrosas para la humanidad. Modelos comunicativos que no han puesto sus competencias al servicio del progreso de la sociedad.

Sin embargo, el desafío que tienen hoy las organizaciones, en una sociedad como la actual, con ingentes posibilidades de comunicación fruto del desarrollo de los soportes tecnológicos, consiste en que, desde una transformación ética interior, comuniquen con credibilidad y autenticidad mensajes que, aportando valor a la opinión pública, conduzcan a la fidelización respecto de sus marcas. Y esta consideración vale también para el branding personal, es decir la apuesta que todos tenemos como personas y profesionales con objeto de aportar valor a nuestras organizaciones y, en consecuencia, a la sociedad.

 

Para ilustrar estas consideraciones, desde Jaque Asesores os recomendamos el vídeo -disponible en youtube- de Javier Cebreiros, asesor de comunicación, profesor y, como él mismo se define, soñador. Seguro que os resultará inspirador.

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